1997
- 18 nov 2018
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Me gusta, a veces, recordar quién soy. Saber que con un año ya había pronunciado mucho más que mi primera palabra. Que con dos, berreaba porque no me dejaban elegir mi propia ropa. Con tres años vi nacer a Rubén y empecé a quererle en silencio. A los cuatro, perdí de vista a mis dos primeros amigos. Con cinco, tuve que aprender a la fuerza que hay cosas que no salen como uno espera. A los seis años me regalaron mi primer libro con más letra que ilustración. Y con siete, supe que hogar no es siempre la tierra en la que naces. A los ocho, vi marchar a mamá y se me partió el corazón. Con nueve años conocí la crueldad de los críos de recreo y fui consciente de las pocas amistades que en realidad uno tiene. A los diez, escribí mi primer poema y lo mantuve en secreto durante mucho tiempo porque a veces la timidez puede más que el deseo. A los once, me desmoroné por completo entre inseguridades y miedos. Con doce, supe de la crudeza de las adicciones. Con trece años di mi primer beso en un campo de fútbol, pero no fue hasta los catorce cuando supe del querer y de distancias. A los quince, tuve claro a qué quería dedicar el resto de mis días tras leer el que desde entonces es mi libro favorito. A los dieciséis, vi la muerte y la enfermedad tan de cerca que jamás podré olvidar sus caras. Con diecisiete años publiqué mi primer libro, el segundo vino rodado por el azar y el valor. A los dieciocho, no quise una falsa fiesta por todo lo grande porque pensé que la situación no la merecía. A los diecinueve, cambié de ciudad y fui consciente de la importancia del mar. Con veinte años volví al lugar donde un día fui feliz y supe que hay perfumes que permanecen en la memoria para siempre. Hoy es mi veintiún cumpleaños y por fin entiendo que la vida es un continuo aprendizaje, que quien desea algo con todas sus fuerzas llega a alcanzarlo y que querer/se es el principio universal más importante de todos. Me gusta, a veces, recordar quién soy, saberme viva y eterna.
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